Mr. Robot. A las plegarias de Alan Moore

Hace un tiempo leí en una entrevista a Alan Moore una declaración que me pareció tan acertada como digna de apuntarse. Esto no es difícil encontrarlo en Alan Moore; da igual que uno quiera encasillarse en el equipo de “los normales” mientras le cataloga a él como un extravagante más; una práctica muy generalizada, por cierto, aunque servidor intenta apartarse de eso gradualmente. La mayoría de veces, creo, la gente a la que se considera rara o ida o descentrada, no es más que gente con personalidad; con una de verdad.

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Alan Moore dijo que hoy en día, con la situación social que se vive a varios niveles, con lo extraña, cruel y absurda que es nuestra época, es deprimente que se estén produciendo sin parar según qué películas y obras que no son más que derivados de cosas que ya se han hecho. Me pareció que tenía razón, hasta tal punto que resultaba doloroso.
Hay pocas, realmente pocas películas u obras de gran consumo en general, que aborden qué clase de gente somos la que ahora habitamos el mundo, cómo nos enfrentamos a él (y a nosotros), cómo pasamos de él, cómo nos excusamos, o cómo evitamos (o no) pensar qué se podría hacer para mejorarlo más allá de cuentos democráticos de hadas.
Cuando vi el primer capítulo de Mr. Robot, y más allá de entrar a analizarla por su calidad, me pareció que era uno de esos raros casos en los que una ficción de gran tirada era valiente y tenía los arrestos necesarios para ser una historia sobre nuestra época. Sobre personajes que se encuentran en la frontera entre la inopia de espíritu y un despertar. Entre el “inteligente” conformismo enrabietado para todo lo que llegue, y el puñetazo sobre la mesa. Personajes que no dudan en llamar zombis a todos aquellos que encajan en el equipo de “los normales”. Un personaje central cuya hiperbólica –si se quiere– composición, hace que las dos o tres actitudes más habituales de casi todo el mundo para afrontar la vida, resulten estúpidas, ignorantes, y sobre todo egoístas y dañinas.
Seguro que en todas las épocas cuecen habas, como se podría decir, pero hay que reconocer que los enemigos son cada vez más invisibles, y la capacidad de negación de todo el mundo respecto a ellos, más y más sofisticada. Es harto complicado despegarse todas las etiquetas y decir: “Vale, el mundo tiene sus cosas buenas, pero si hay que generalizar, el mundo es una gran mierda. Una mierda alambicada y retorcida; da igual que a mí no me salpique”.
No hay que pensar mucho en ello; cada uno tiene enseguida un motivo en su entorno para entenderlo. Yo ahora sólo tengo que pensar en el debate España/Cataluña, algo que ahora copa y ocupa todo aquí, y de lo que, entre el pueblo, sólo se van a beneficiar los vendedores de banderas.
Suma y sigue, Mr. Robot.

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