10 trucos para conquistar a la chica de tus sueños

La sociedad que deje de entender la belleza que reside en lo apagado y en lo oscuro. La sociedad que deje de entender la felicidad como contraste con la tristeza. O lo insalubre de negar la tristeza. La sociedad que no sepa llorar por la emoción que le produce un drama de escenario. La sociedad que no sepa apreciar la diversión irónica y retórica de las olas ficticias de sangre. La sociedad que se auto-hipnotice a sí misma. Que se auto-engañe mientras acusa de auto-engaño a otros. Que crea que la música es solo para bailar, el cine solo para entretenerse, el trabajo solo para ganarse la vida. Los libros solo para memorizarlos. Los conocimientos para regurgitarlos. La sociedad que busque el electroencefalograma plano a toda costa. Que olvide el pasado tanto en lo bueno como en lo malo, que crea que el presente no existe (o que solo existe el presente), que mate los instintos propios del todo con firmas, que crea que solo hay un tipo de moral o ética o sentido común, o un solo modo de hacer las cosas, o de hacer la cultura o de tener cosas, o de follar o de amar o de mirar o relacionarse o pagar o salir o cenar o celebrar o de ver o de filtrar o de mezclar. La sociedad que poco a poco vaya perdiendo cada vez más de lo natural y vaya aceptando cada vez más lo cuadriculado. La sociedad que crea que siempre va a estar arriba de la cadena alimenticia, o que el mundo acabará cuando acabe ella, o que delimite creyéndose luego esos límites a pies juntillas. La sociedad que crea que está al final del camino y que el futuro ya solo será más de lo mismo para marchitarse. La sociedad que siga perdiendo Personas y ganando Profesionales. La sociedad que siga clasificando y adulterando y forzando el Amor. Está perdida.

scarr

Conspiración

No es nada personal, pero quiero acabar contigo. Aún no sé cómo lo haré, hay mil formas de matar y otras mil de cagarla en el proceso. No creo que opte por la acepción más peliculera del acto. El primer y mayor motivo para hacerlo es que crees que tú no harías algo así. El segundo es que probablemente es cierto que tú no harías nunca algo así, pero los motivos hacen que eso no te salve. Quiero matarte para conseguir ponerme por fin a tu altura, porque yo jamás haría algo así, pero creo que no por los motivos por los que tú no lo harías. Sé que esto se está volviendo enrevesado, pero la propia Situación también lo es. La paradoja es que creo que yo soy mejor que tú, aunque la asquerosa realidad es que seguramente somos potencialmente iguales. Estoy afilando mi voluntad. Me afino a mí mismo en un cuartito existencial y saltan chispas de mi arma al contacto con su preparación. En realidad, a mi manera, soy tan simple que da miedo, es todo puro estancamiento acumulado, decisiones no tomadas que al fin estallarán en una sola. Mis argumentos no me convencen del todo, pero me enorgullece tener al menos algunos propios. Son las monedas de oro menos valoradas, es como estar en una isla apilándolas sin esperanza alguna de que alguien me rescate, y probablemente sin ni tan siquiera desearlo. No se reconocen rescates llevados a cabo por tiburones, no si no es a un nivel tramposo y económico. Puede que lo único que quiera es ser gilipollas como tú, pero serlo al menos de un modo personal. Ser otro tipo de ser humano estúpido, menos cerca de la clonación social, puede que más esperanzado, o más apólogo de la esperanza real. Tú no haces demagogia, dirás, ni eres rebuscado, pero es porque en el fondo no haces nada. Yo al menos sigo río arriba, por el otro río, me voy a por Kurtz, puede que a morir, pero al menos también a hablar de algo distinto de aquello que tú quieres, de lo que eres y de aquello a lo que te has reducido. Quizá al final del trayecto estará La Reina, o puede que Kurtz acabe siendo un homólogo tuyo y tenga que cumplir con la misión oficial matando dos pájaros de un tiro anárquico. Al final quizá sí sea un peliculero. El propósito era que no entendieras nada; la magia: la posibilidad de tu cuerpo empalado por una conspiración de la naturaleza.

tía

Férrea responsabilidad

Había una especie de esputos de sangre en la pared. Otro hijo cuyo padre yo desconocía (¿viajes?, ¿muerto?), y a cuya madre solo conocía hasta donde ella quería. Esto implicaba cierta profundidad física, pero casi nada emocional. Son esos calentones en serie, esas cosas que la gente adulta siempre achaca a los adolescentes o la gente joven para cubrirse la espaldas; el inevitable factor de tener sangre en las venas. Pero lo cierto es que es un hecho potencial de todas las edades, aunque el elemento de aguante específicamente físico no acompañe en todas. Las ganas siguen intactas en el contexto adecuado. Ya se sabe, es muy posible que tu pareja te sea fiel más que nada por falta de oportunidades u obvio atractivo. La pereza es otro punto determinante, se suele pasar esto por alto; no todo el mundo tiene la fuerza de voluntad de lidiar con varias pelotas sexuales en el aire; otra cosa sería si con seguridad supieran que no se les van a caer jamás. El niño estaba en la otra habitación y se comenzaron a oír golpes mientras la mamá y yo hacíamos de humanos a la perfección y sin gota de hipocresía. No sabía lo que estaba pasando ni qué hacía su mamá, sólo se le había caído la conexión a Internet. Era tarde, había tenido actividades todo el santo día. Como los niños de hoy en día, no existía el presente como tal, todo era Futuro y fraguárselo. Demasiado responsable para permitirse/le tal cosa como ser un niño.
En la sala de urgencias me entero de que el padre está muerto. Al niño le tienen que poner varios puntos en la frente. Al día siguiente tenía que entregar cierto trabajo para el que era vital poder usar la conexión a la red. Mamá pide al personal de urgencias algún tipo de nota para excusar al crío al día siguiente en clase. Luego me entero de que al llegar a casa, el muchacho, no contento con esto, se acabó abriendo los puntos. No volví a ver a esa mujer.

rulos

Veintitantos veintimuchos treinta y pocos

Escritoras jóvenes cuyos fourlards están súper de moda. Fotos femeninas –(presentaciones de libros)– pero también intelectuales, humildes gestos pero también presenciales. Elegantes y a la vez con la erótica del otoño durante todo el año. Casi nunca pronunciados escotes en las redes sociales, a lo sumo alguna foto en bikini para recordar quién puede tener curvas aun habiendo publicado. Más fotos, a menudo junto a viejos, editores, tipos de barriga y no siempre mirada fiable, puede que con una erección mientras tanto (aunque imperceptible por micro-pene)… Tatuajes en ciertas ocasiones, miradas extrañas posándose en las escritoras, firmas de libros, colas referidas también a la sucesión de gente en espera, algún novio universitario, postuniversitario o muy bien colocado, por supuesto otoñal, bufanda a juego con el foulard vaginal, preparación y una actitud positiva, días soleados incluso en medio de tormentas, y océanos digitales de álbumes y citas y felicidades que no están en venta. Tú, sin embargo, algo patético, voyeur y también aficionado al patetismo (a veces extrañamente cercano a la verdad, aunque igual no), imaginas a esa chica o mujer de veintitantos, veintimuchos o treinta y pocos, y en tu fantasía no está con el chico responsable, escribe sobre abstracciones y bajezas de las que raramente se venden, y hace cosas en tu cabeza y en tu cama sobre las que seguramente jamás hablaría, murmuraría o declararía en ciertas ruedas de prensa.

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Desarrollo exhaustivo de la etapa académica de un no-gilipollas irresponsable

De chaval tenía una especie de táctica psicológica para sobrellevar mejor todos aquellos rituales que no me apetecían y que me veía obligado a soportar. Esto se daba casi a diario. Pero para no desgastar mi psicología personal, solo tiraba de dicha táctica una o dos veces a la semana. Un día fijo era los viernes. Como buen mal estudiante, me había pasado la semana trampeando, no haciendo deberes, suspendiendo, aprobando por los pelos, y a su vez intentando pasar desapercibido, intentando ser el cono de la clase, etcétera. Ese proceso era agotador; pero la clave de todo el asunto es que mi desmotivación era de tal calibre, que cualquier conducta parecida a seguir los mandatos adultos hacía que me entrara la risa floja, y aún menos ganas de hacer nada (de lo que ellos quisieran que hiciera, claro). Creo que el sistema educativo me perdió más o menos en la época en la que ya supe leer con fluidez, un fenómeno bastante temprano en mi caso, que me distanció de aquel entorno a la velocidad a la que se expande el universo, y lo hizo de casi todos los temarios, ejercicios e idiosincrasias que se diesen en el aula de turno. Cuando comenzábamos –por poner un ejemplo– un nuevo temario del libro de Lengua, lo único que era capaz de pensar era que al menos había acabado el anterior. Estaba en terreno de nadie, no me portaba mal pero sacaba malas notas. Esto desconcertaba a algunos profesores, porque normalmente los niños intentan encajar, aunque solo sea en el grupo de los gilipollas. Había al menos tres grupos, lo empollones, los responsables y los gilipollas. Yo no intentaba sacar buenas notas, y a la vez tampoco me interesaba fastidiar a nadie ni molestar. Yo solo quería… no estar allí. (O simplemente no estar.) Hasta una edad que ni me atrevo a calcular, yo solo era alguien a un nivel legal. Tenía DNI. Pero no me interesaba hacer nada, porque nadie me había insinuado que yo pudiera hacer algo o tomar decisión alguna. No era bueno en nada porque oficialmente no era bueno en nada. Leía, empecé a ver pelis, dibujaba, pero nada de eso, según me decían, me iba a llevar a ningún lado, eso no perfilaba personalidad alguna. Leerme las mil páginas de It sólo significaba no haber estudiado para tres o cuatro exámenes.
Mi táctica para soportar años y años de aquella época, era estúpida y sencilla. Cuando iba al colegio los viernes, el camino era de tierra, había casas abandonadas y toda clase de piedras. También había tiza. Solía coger una y pintaba una cruz, o una X, o simplemente hacía un rayajo en alguna parte visible de algún muro. Lo miraba, y pensaba que mi objetivo era volver a ver ese rayajo aquel día en la vuelta, a poder ser sin haber sufrido grandes daños, broncas, capítulos desagradables pasivo-agresivos, o incluso humillaciones en clase (que por cierto raramente venían de compañeros, ya se encargaban de ellas los profesores). Así, al salir a las cinco de la tarde de clase, topaba con la visión de ese rayajo, y era el momento más feliz de la semana, tenía el fin de semana por delante, y al menos podía olvidarme de que no era nadie, de que no servía para nada y de que no sería exitoso e inmortal en el futuro como muchos compañeros de clase (con los que constantemente se me comparaba).

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Fantasmas

El hombre moderno cree que ha inventado el odio, la burla, la misoginia, cree que las creó haciéndolas pasar por cables y por aire. Cree que creó la violencia y el sexo, la mutilación y la ablación. Cree que el reflejo es realidad, que la provocación es materia prima y cimientos, que la dignidad viene bien empaquetada. El hombre y la mujer creen que del pasado solo queda lo que se encuentra en algunos libros. Creen que la risa es peligrosa si no oyeron el chiste ya cien veces. Creen que pensar ha de ser dinero, que el bufón es poco fiable y que las firmas son promesas irrompibles. Creen que han de llevar la camiseta de algún equipo con todo, y aun así que la unión hace la fuerza. El hombre moderno no solo tropieza siempre con la misma piedra filosófica, ama esa piedra, ha edificado con esa piedra y construye con esa piedra con la que ya lo hicieron padres, abuelos y bisabuelos. El hombre moderno piensa a la moda y combate enemigos invisibles que caerían derrotados solo con silencio. El hombre y la mujer modernos no solo son esclavos de su época, además creen que las ideas son amenazantes en sí mismas, perciben ilusiones de toxicidad eterna donde no hay más que pelusas que se lleva el viento dejándote solo un leve (y hasta a veces agradable) cosquilleo. Dicho ser puede temerle a un logo, una marca, un cómic, una peli, un anuncio, condenarlo y culparlo, y justo luego seguir siendo la misma clase de consumidor. El honorable hombre moderno tarda unos 80 años en coger la pistola, cargarla, apuntarse a la sien y dejar el mundo exactamente igual que se lo encontró. Todo tras haber seguido insistiendo en los mismos enfoques, teorías y un sentido del humor que es justo el que caracteriza su falta del mismo. Para el hombre moderno hay ofensa si no hay mamada, hay desgracia si no hay felicidad, hay solo hombre o mujer, solo sí o no, solo listo o idiota, solo libre o preso, solo negativo o positivo. Solo en mi contra o a mi favor. Solo mi entorno o la inexistencia. El hombre moderno localizará los motivos que le hagan parecer mejor, y luego hará apología de ellos aunque pierda la perspectiva sobre cualquier asunto; celebrará cada año el aniversario de su integridad por ser así, y se medirá la polla o la estrechez de la cintura sin acordarse otra vez de lavar las sábanas ya asquerosamente acartonadas de la historia.

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